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El logototipo que identifica a la entidad es una flor de loto abierta, símbolo del renacer a una vida nueva tanto en el Antiguo Egipto como en el Oriente Medio y Cercano. Encierra jeroglíficos con la salutación brindada al faraón (de derecha a izquierda): "anj, djed, was" sobre un cesto neb, que puede traducirse como: "(le sean dados) toda la vida, toda la estabilidad y todo el dominio".

 
 
 

La Colección Fiengo, núcleo del Museo egipcio

que no tuvo Buenos Aires

 

En 1825 los personalismos y rivalidades minan la salud de las “Provincias Unidas del Río de la Plata”, convertidas en feudos que se enfrentan estérilmente. Oscurece el horizonte la posibilidad de un enfrentamiento bélico con el Imperio del Brasil.

En tales circunstancias, el gobierno británico acepta reconocer la independencia argentina, siempre que se firme un “tratado de amistad y comercio” cuyas cláusulas favorecerán particularmente a los súbditos de Su Majestad. El gobernador de Buenos Aires, Juan Gregorio de Las Heras, designa a Bernardino Rivadavia, residente en Londres, como Ministro Extraordinario ante Inglaterra y Francia para llevar a cabo las gestiones del caso.

Rivadavia había viajado ya anteriormente a Europa en misión oficial, y su “progresismo” iba a traducirse en múltiples iniciativas, más allá de los resultados concretos de su desempeño diplomático.

Aunque nos falten las pruebas documentales, no resultaría extraño que en ese momento haya tomado conocimiento de la existencia de una colección de antigüedades egipcias reunida por el infatigable Giovanni Battista Belzoni. Emprendedor, ingenioso, multifacético, Belzoni había permanecido en Egipto entre 1815 y 1819, descubriendo tumbas, desenterrando templos y abriéndose camino hacia las cámaras funerarias de las pirámides. Se desempeñaba como agente del cónsul británico Henry Salt, y contribuyó a formar dos importantes colecciones de antigüedades egipcias, la primera vendida al Museo Británico y la segunda al Louvre.

En 1823 iba en viaje a la mítica Timbuctú, al sur del Sahara, cuando la muerte lo encontró en Benin. Poco después, su viuda vendió las piezas egipcias que habían quedado en su poder. Se trataba sin duda de remanentes de menor interés artístico, rechazados por Salt.

Un lote compuesto por cerca de 800 objetos, fue adquirido por un comerciante italiano, Nicola Fiengo, que las ofrecía al mejor postor. Aquí se enlazan las dos historias: porque sólo sabemos que en 1825 la colección parte rumbo a Buenos Aires, cabe suponer que por gestión de Rivadavia, aspirando a crear en la ciudad un museo de antigüedades egipcias. Probablemente espera convencer a sus amigos en el gobierno para que dispongan los fondos necesarios, pero los acontecimientos políticos van a impedirlo.

En Buenos Aires se ha reunido un Congreso que delibera buscando constituir un gobierno único para todas las “Provincias Unidas” en medio de serios enfrentamientos. La situación financiera es crítica: el Estado carece de fondos, y justamente uno de los encargos que recibe Rivadavia es gestionarlos en Londres (sería el tristemente célebre Empréstito Baring Brothers). El regreso de Rivadavia se concreta el 21 de octubre.

La situación se hace más tensa días después, cuando el Congreso aprueba la incorporación de los diputados de la “Banda Oriental”, el actual Uruguay, considerado por el Brasil como parte de su Imperio. El hecho marca el comienzo de una escalada bélica que lleva a una febril organización de milicias y culmina el 1° de enero de 1826 con la declaración de guerra al Imperio. El 7 de febrero Rivadavia es designado Presidente de la República.

La escuadra imperial bloquea el puerto de Buenos Aires desde diciembre de 1825. Es en esos momentos cuando la nave con la colección egipcia llega al Río de la Plata, y el cargamento es confiscado como botín de guerra y llevado hacia Río de Janeiro. Allí Fiengo inicia febriles gestiones para evitar la pérdida, y gracias a sus contactos logra finalmente que las piezas sean ofrecidas en pública subasta.

El Emperador Pedro I, a quien sus consejeros advierten sobre la importancia de la colección, decide adquirirla íntegramente, para donarla al Museu Real (hoy Museu Nacional), ubicado en la Quinta da Boa Vista, São Cristóval, en Río de Janeiro.

Entre las piezas más importantes pueden señalarse:

Ø 55 estelas (losas de piedra inscriptas con jeroglíficos), pertenecientes a funcionarios y sacerdotes de distintas épocas, entre ellas una del Prefecto de la necrópolis de Sesostris III, Iu-nefer, procedente del Palacio de dicho rey (época del Reino Medio, hacia 1860 a.C.)

Ø Seis momias completas, tres de ellas infantiles. Una de ellas corresponde al sacerdote Hori, datada hacia 1.000 a.C. Otra es de una joven de unos 17 años, muerta 30 años antes de Cristo, cubierta por una máscara con pintura dorada. Además, 5 cabezas de momias.

Ø Entre los animales momificados, 9 cocodrilos, 3 gatos, un pez y un ibis.

Ø Una estatuilla femenina en madera, gemela de otra existente en el Museo de Atenas que representa a la dama Takushit.

Ø Un pequeña estatuilla en bronce, del Sumo Sacerdote de Amón Menkheperre, personaje de importancia bajo la dinastía 21. Su nombre está encerrado en el óvalo o cartouche empleado para escribir los nombres reales. El tocado es propio de los sacerdotes, y carece del ureus (cobra) real. Para Kitchen la pieza prueba que Menkheperre no fue un monarca auténtico, sino lo que designa como “rey fantasma”, es decir un alto dignatario que se arrogó titulatura real aunque nunca pretendió usurpar el trono.

Ø El ataúd del sacerdote Hori está decorado con colores vivos sobre fondo amarillo, típico de fines de la dinastía 20 o comienzos de la 21. Sus títulos lo identifican como Sacerdote al frente de Amón, escriba real de los documentos reales en la corte, copero del rey, superintendente del harén de la Adoratriz de Amón. Esta sería Maatkare, hija del igualmente “rey fantasma” Pinedjem I.

Ø Numerosos papiros, amuletos y ushebtis (las figurinas de forma humana que se colocaban en las tumbas para que en el Más Allá ejecutaran el trabajo pesado requerido al difunto).

En 1853 el Museo recibió una nueva colección egipcia, esta vez regalo de Fernando II de las Dos Sicilias, cuya hermana Teresa Cristina se había casado con el nuevo Emperador brasileño, Pedro II. Se trataba de figurinas de arcilla, amuletos y algunas esculturas de piedra.

En el transcurso de un viaje al Viejo Mundo, Pedro II efectuó una breve visita a Egipto, en 1871. Posteriormente realizó un nuevo viaje, y permaneció en Egipto casi un mes, del 11 de diciembre de 1876 hasta el 6 de enero de 1877, visitando los principales sitios arqueológicos. Llevó un Diario que se conserva, y tomó contacto con Mariette, Brugsch y otros sabios. Como recuerdo de su estadía, el jedive Ismail Pashá le regaló entonces el ataúd que contenía la momia de la dama Sha Amenemsu, quien viviera en tiempos de la dinastía 23, hacia el 800 a.C.

La colección del Museu Nacional mereció un primer estudio en 1919 por parte de Alberto Childe, seudónimo del científico ruso nacido en San Petersburgo con el nombre de Dmitri Vonizin, quien llegó a ser conservador de la colección de antigüedades del Museo. En la década de 1980 fue objeto de un minucioso relevamiento por parte del Prof. Kenneth Kitchen, quien publicó en colaboración con Maria da Conceiçāo Beltrāo un catálogo completo, con traducción de las inscripciones de estelas y ataúdes: “Catalogue of the Egyptian Collection in the National Museum, Río de Janeiro”, 2 vols, Warminster, 1990. Las conclusiones del experto británico permiten asegurar que la mayoría de las piezas fueron elaboradas en la región de Tebas.

En 1995 muchas piezas resultaron dañadas por una inundación que sufrió el edificio por rotura de un techo durante grandes lluvias.

Tal la azarosa historia de esta colección de antigüedades provenientes del país de los faraones, que pudo haber formado el núcleo de un gran museo egiptológico argentino.

 

 

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